No existe nada peor, que los terrores de la infancia.

Si algo me daba especialmente un intenso terror, esa era mi muñeca, era horrible, ninguna niña en su sano juicio jugaría con ella, la tendría guardada en el desván y de allí no saldría nunca, pero esa muñeca tenía algo que no se explicar, que me unía a ella.

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Tenía diez años, decía todo mi entorno que era más inteligente que el resto de los y las niñas de mi edad, algo que nunca me gustó porque las personas inteligentes tenemos mucho de timidez y demasiada vergüenza, pero en el fondo me agradaba que me lo dijesen, ¿A quién no?, pero no todo eran ventajas, a mi inteligencia se unía un sexto sentido por encima de lo normal, digamos que antaño me habrían tachado de brujita y me habrían condenado, pero es ya 2010, eso no sucede … es ese sexto sentido el que me advirtió de algo, era Navidad y siempre esperaba impaciente los regalos en el día de reyes, siempre era la primera en levantarme de mis hermanos, impaciente me tiraba literalmente a los regalos y los abría como si estuviese dentro aquello que llevo pidiendo durante el año, algo que no siempre pasaba, más bien, no pasaba casi nunca porque mis padres me decían, “No nos lo podemos permitir”, esa frase resonaba en mi mente como una campana en la que yo estaba debajo, pero era una niña conformista, comprendía que había unas prioridades y con cualquier detalle me sentía feliz, pero ese seis de Enero de dos mil nueve me depararía una sorpresa que no catalogaría de agradable, tampoco lo contrario, pero si distinta desde que tengo uso de razón y es que en uno de los paquetes se escondía algo tenebroso y nada más verlo, me puse a llorar, no pude controlarlo, esa imagen me dio miedo, mi madre me consolaba y me explicaba que esa muñeca era especial, que los reyes magos se la trajeron a ella de pequeña hace treinta años y que era el momento de dármela a mí, yo, tras llevarme el berrinche, esbocé una leve sonrisa porque vi a mi madre ilusionada, desde luego mucho más que yo.

Aquella muñeca no era la típica que todas las niñas desearían para jugar o mostrar a sus amigas, me costó una semana cogerla y rodearla con mis brazos, pero desde ese instante no pude separarme de ella, tenía algo muy especial que no comprendía, su aspecto era, diría que cruel y su creador no tenía que ser una persona feliz, tal vez atormentada, sus ojos, negros como la noche más cerrada, estremecían al contemplarlos, su ropa no era de alegres colores, estaba rota, como si viniese de la zona más pobre del planeta y su cara estaba llena de cicatrices he imperfecciones que daban terror, pero era mi muñeca y desde ese instante no me separaría de ella.

Cuando me iba a dormir seguía un ritual antes, lavarme los dientes, dar las buenas noches con un beso a mis padres, coger mi muñeca y meterla en la cama conmigo abrazándola fuertemente, porque sentía lástima de su desafortunado aspecto y ya le tenía cariño, hasta que cumplí los trece años, ese mismo día, el de mi cumpleaños, mi madre me dijo.

–          Creo que va siendo hora de que te acuestes tu sola.

Ese día fue el comienzo y por supuesto no le hice caso hasta pasado un mes, en el que ya me lo dijo con un tono menos amable, casi exigente haciéndome comprender de que ya no era un bebé y que estaba obsesionada con mi muñeca, algo que siempre le negué, pero no me sirvió de nada, la primera noche que dormía sola, mi muñeca estaba en una silla y ésta justo en frente de mi cama, era extraño, es como si a ella le hubiese cambiado la expresión, como mas triste aún de lo que aparentaba y eso me quitaba horas de sueño, no podía cogerla pero no podía dejar de mirarla, es como si ella quisiera decirme algo, algo como “Por favor, no me abandones, eres lo único que tengo”, así lo sentía y pasé semanas triste, dejé de comer, no me concentraba en el colegio, mi madre tuvo que ir a tutoría varias veces porque nadie se explicaba como pasé de ser la alumna más brillante a la más perezosa, llegando a suspender exámenes que anteriormente los aprobaría sin estudiar, pero no podía evitar esa tristeza, mi muñeca y yo estábamos conectadas de un modo que me daba escalofríos, pero eso no duró siempre.

Pasaron dos meses sin dormir con ella, esta vez ya no estaba ni en la silla, la tenía en un cajón grande que mi madre metió debajo de mi cama, ya no sentía tristeza, comía bien y en los estudios, regresaba a ser la niña inteligente que los profesores amaban y algunos alumnos envidiaban, la vida volvió a ser la que era, hasta que un día…

No sé por qué lo hice, tal vez por una extraña sensación y la obligación de recordar aquellos años de mi infancia, yo ya no tenía trece años, tenía cuarenta, era una mujer felizmente casada y con dos hijas estupendas, no sé porque esa noche me agaché, metí la mano debajo de la cama, directa al cajón que mi madre, ya difunta, metió debajo, para mi sorpresa, la muñeca no estaba en el mismo sitio donde yo la dejé, se que mi madre y mi padre respetaban mi intimidad desde siempre, cuando entraban a mi cuarto lo hacían estando yo, la muñeca, tenía una de sus manitas tocando una de las paredes de aquella vieja caja, como si hubiese querido salir, la cogí y no me pude creer lo que vi, su expresión había cambiado y esta vez no era mi imaginación, se le notaba terriblemente triste, le acaricié el rostro y éste estaba húmedo, mi muñeca, ese ser inerte inseparable de mi infancia, había pasado años debajo de mi cama, sufriendo, porque un día dejé de abrazarla y darle mi cariño.

Mi muñeca, ahora era de mi hija Carla, lo curioso es que tras despertarse, su rostro volvió a ser aquel que conocí, esa era, nuestra muñeca, la de nuestra familia y nunca más volvería a estar dentro de un cajón.

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